En un momento difícil en mi vida, supe que tenía que buscar alguna actividad que disfrutara y sobretodo, me ayudara; nunca antes me había interesado tanto por las plantas. Había vivido en DF, y aunque siempre me ha gustado el contacto con la naturaleza, fue hasta que vine a vivir a Cancún que me sentí en mayor comunión con ella.

Texto: Lizzy Santoyo

Decidí practicar algo de jardinería, por lo cual investigué, leí, platicaba con los jardineros del hotel donde trabajaba y fui aprendiendo. Así me hice de mis palas, guantes, utensilios, y limpié mi jardín, el mismo que parecía un verdadero Jumanji.

Y así, sembraba aquellas pequeñas plantas que recortaban en algunos jardines, y otras que compré. Muchas plantas toman no sólo unos días para dar su primer fruto, crecer o florear, muchas toman años. Las orquídeas, por ejemplo, tardan hasta siete años en dar su primera flor.

Un día, hubo que mover una planta en mi casa, pues estaba ya muy grande y tapaba la puerta principal. El jardinero la podó y la trasplantó, pero la planta que se veía muy triste se fue secando, al punto que creí que terminaría muriéndose. Aún así, la aboné, le agregué composta, la regaba seguido, incluso hasta le hablaba. De pronto, de las ramas que parecían sin vida, comenzaron a brotar hojas verdes, hermosas, hasta que se llenó completamente y sus flores coloridas, brotaron de nuevo.

La naturaleza nos da grandes lecciones, de no haber tenido paciencia, esa planta habría muerto. Y ¿cuántas veces hemos, por impaciencia, impedido que algo florezca en nuestra vidas? Estamos tan acostumbrados a vivir siempre corriendo, todo de prisa, acostumbrados a que las cosas, situaciones e incluso las relaciones sean instantáneas, porque vivimos en un mundo en que todo lo queremos obtener en un click, y si algo parece que ya no sirve, lo desechamos rápido en vez de dar un “extra”.

Sin embargo, las cosas que trascienden, que llenan el ser de vida, normalmente toman más tiempo, toman dedicación, paciencia, incluso esfuerzo, no obstante cuando comienzan a florecer se sabe que todo ello valió la pena.

Iniciar una vida en este paraíso, no es tan fácil como pareciera, hay que adaptarse y saberse adoptado, sí, adoptado por aquel dicho de que “Cancún te adopta o te aborta”. Sin embargo cuando aprendes a que no todo es instantáneo, cuando cultivas la constancia, el no darte por vencido, el saber que puedes lograr algo, tener la paciencia y disciplina, realmente ves un resultado muy satisfactorio. Y Cancún te adopta.

Si tu “plantita interna” está secándose, o si crees que llevas tiempo invertido sin ver resultados ¡no la dejes secar! Después de todo, la naturaleza, esa de la que a veces se nos olvida que formamos parte, nos enseña que las buenas cosas florecen, sólo es cuestión de saber esperar y cultivar.