Por Tiziana Roma

 

Se llaman Centros Históricos porque es ahí donde se concentra la mayor cantidad de testigos históricos de la fundación de una ciudad. Reconocemos en ellos la génesis de un lugar, y también como generadores de identidad. Al visitar una lugar nuevo -y casi de manera intuitiva- buscamos su centro fundacional pues sabemos que ahí, las calles, los muros, los rincones y las casas nos hablarán de tiempos pasados, de cómo vivían y se comportaban los primeros habitantes, sus fundadores y pioneros.

De la misma manera, un centro histórico habla de un centro poblacional que tenga más de cien años de establecido, conforme a los lineamientos marcados por el Instituto Nacional de Bellas Artes, y son intervenidos para su puesta en valor desde la perspectiva urbanística y humana que el lugar mismo, por su carácter histórico-social, le confiere.

Cancún también tiene centro histórico. Un centro que cuenta la historia de su fundación como Ciudad Integralmente Planeada. Un centro desde donde se trazó la ciudad, como se hizo en otras ciudades del país. Un centro en donde se ubicaron los primeros establecimientos, donde vivieron los primeros pobladores; un centro histórico que cuenta en sus edificios, calles, muros y retornos, relatos de pioneros, anécdotas inverosímiles, pasajes inolvidables que aún habitan en la mente y recuerdo de los que participaron en la construcción de este polo turístico, muchos de ellos aún entre nosotros.

Sí, nuestro centro se llama, por lineamientos del propio INBA “Zona Fundacional”, pues no cuenta todavía con los cien años que marca el mismo Instituto para llamarse Centro Histórico. Comprende desde la supermanzana 2 hasta la 34, y carga en sí, inherente, los mismos fundamentos que caracterizan a un Centro Histórico, pues es ahí desde donde los cancunenses podemos tomar elementos que nos dan identidad y fincar nuestro sentido de pertenencia.

Quizá no reconozcamos a simple vista en, digamos, la Plaza de la Reforma, un Centro Histórico como el que tenemos en ciudades coloniales. Muchos buscamos infructuosamente una catedral enfrente del Palacio Municipal, que nos dé la referencia a las que estamos acostumbrados, ignorando que nuestra ciudad no fue fundada por españoles, sino por mexicanos.

De nuestra Zona Fundacional podemos estar orgullosos como generadora de historias fundacionales. Pasar por el Palacio Municipal, con su Plaza de la Reforma y carente de edificio religioso nos habla de la libertad de culto que hay en esta ciudad. Atrás, justo a espaldas, está el Mural del Chicle,  en el que se recuerda los tiempos cuando la extracción del chicle era una importante actividad económica en nuestro estado. Cercano a éste, el edificio donde actualmente está la Dirección de Ecología, que fuera uno de los galerones que conformaron el primer campamento de Infratur; allá mismo, el pionero Rafa Lara dio el primer grito de Independencia armado de un tanque de gas vacío y una llave Steelson. A unos pasos están los vestigios de un camellón que formaba parte de una calle que remataba justo atrás del Palacio, así como la primera hasta bandera de Cancún. Cerca, un memorial en honor a Carlos Nader, explica acerca de su vida y porqué es la única calle que lleva nombre de persona en la Zona Fundacional.

A un costado del Palacio está la antigua cárcel municipal, en donde, según cuentan los que ahí velan, la actividad paranormal es frecuente por las noches. Enfrente, tan sólo cruzar la Nader, las 15 casas que construyera Fonatur para el cuerpo técnico del Proyecto Cancún, y rematando el lugar, el letrero del “Callejón del Canicazo, Límite del Barrio Negro” y la singular anécdota que le da valor a este sitio.

Alrededor, las fuentes y monumentos, los parques vecinos, las casas, los árboles de antaño, todo habla de la historia que Cancún quiere contar a sus habitantes.

Es hora de ir a su encuentro.