Conocida en la época prehispánica como «tziclti» en náhuatl y «sicté» por los mayas, la goma de mascar tiene una historia de más de cien años en Quintana Roo.

Según datos de historiadores e investigadores, el chicle se consume desde hace más de 100 años, eso sí, no tenía el uso que se le da actualmente como golosina; en la época prehispánica, a la goma de mascar se le conocía como “tziclti” en náhuatl y los mayas los denominaron sicté.

En Quintana Roo se extraía del árbol conocido como chicozapote, del que se obtiene la savia o resina; para lo cual, los chicleros –personas que se dedicaban a esta actividad económica- hacían incisiones en la corteza del árbol en forma de zig-zag, para que escurriera y con unas bolsas, elaboradas especialmente para esta función, la recolectaban.

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Los trabajadores lo extraían en pequeñas cantidades, principalmente en épocas de lluvia, ya que en un principio, era para su uso personal: masticar, limpiarse la dentadura y mitigar la sed, así como, para elaborar velas. En esta época aun no era comercializado, por lo que se consumía de manera natural.

A fines del siglo XIX comenzó la industrialización de este producto gracias a Antonio López de Santa Anna, quien durante su exilio en Nueva York, le dio a conocer al inventor Thomas Adams que era posible fabricar neumáticos con la resina, la cual llevaba con él para tratar de comercializarla.

Tras intentar realizar no solo llantas, sino juguetes y demás productos sin éxito, el hábil inventor lo puso a la venta en su manera pura y combinado con saborizantes y colorantes artificiales, con el nombre de New York No. 1, la cual se volvió tan popular que convirtió la fábrica de los Adams en un monopolio con los seis más importantes productores de goma de mascar de los Estados Unidos y Canadá, vendiendo su nueva marca llamada “Chiclets”.

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En Quintana Roo

El inicio de la producción de chicle de manera organizada fue hasta 1917, donde los primeros trabajadores llegaron a Quintana Roo de lugares como Veracruz, Yucatán, Chiapas y Belice; el primer gran contratista fue el cubano Julio Martín, fundador de la Casa Martín Martínez, cuyos campamentos estaban en las inmediaciones de Santa Cruz de Bravo, hoy Felipe Carrillo Puerto.

De igual manera, en 1936 en la entonces conocida Hacienda Santa María, hoy Leona Vicario, el Gobierno Federal entregó 241 mil 83 hectáreas a Faustino Martínez para la explotación del chicle y el palo de tinte, con la finalidad de colonizar este lugar.

Mientras se coloca las cuyas (picos), y se amarra al árbol que va a picar, Fernando Loría Puga, de 68 años de edad, habitante de Leona Vicario, relata que en los campamentos chicleros pasaba hasta cuatro meses y que picaba hasta 15 árboles de chicle, para procesar y vender en paquetes de 10 kilos cada uno.

Arturo Castañeda Castán, de 72 años de edad, también fue chiclero, él resaltó la importancia de este oficio: “En ese entonces, vivíamos del chicle y de la madera, yo fui chiclero. Trabajabamos el chicle y se almacenaba la resina en un depósito; se cocinaban hasta 10 marquetas y las llevaban de aquí a Cozumel en truques”.

Santa María adquirió un ferrocarril de vía angosta que comunicaba al poblado con Punta del Corcho, actualmente Puerto Morelos, por la vía denominada Trucks, cuyo sistema se manejaba por medio de una serie de vagones arrastrados por caballos y mulas; lo cual tenía la tarea de llevar el producto chiclero a las embarcaciones que partían a Cozumel, donde era comercializado al resto del país y el extranjero.

chicozapote

Los trucks –según el testimonio de Ignacio Sánchez Herrera, conductor del mismo alrededor de 1966- cargaban diariamente de 500 a 600 kilogramos de producto, no exclusivamente chicle, “si había mercancía, por ejemplo maíz, arroz, latería, también se traía, porque de eso dependía Leona Vicario. Todo el año funcionaba, era como se dice el transporte, era de mucha utilidad”, agregó.

En la actualidad

A 100 años de su explotación, los comercializadores de la goma de mascar se enfrentaron a la caída del precio de los mercados internacionales, debido a la gran competencia de las gomas de mascar sintéticas.

Sin embargo los mismo chicleros reconocen que fue una gran fuente de ingresos para las comunidades mayas de la región, incluso, aun se pueden encontrar vestigios de lo que eran los campamentos chicleros en todo Quintana Roo, por ejemplo, en la denominada “Ruta de los Cenotes” cerca de Puerto Morelos, se localiza Central Vallarta, un campamento de principios del siglo XX.

Hoy en día, los pobladores de estos centros de producción chiclero ya se tuvieron que dedicar al trabajo del campo, ya que no es una actividad redituable con las grandes empresas que exportan el chicle.