Por Tiziana Roma

Habíamos llegado a mediados de agosto del 75, y era tiempo de inscribirnos a la escuela. Dos lotes a la izquierda del edificio donde acabábamos de mudarnos, sobre la avenida Nader, había una casita muy mona, con techo de palapa, puertas y ventanas de madera. Afuera, una manta rezaba “inscripciones abiertas”. Fuimos una mañana a pedir informes. El Itzamná sería por ese año la única primaria particular en la ciudad, así que mis hermanas y yo quedamos inscritas ese mismo día. Cuando salíamos de la palapa vi por primera vez a las gemelas Fosado. Ambas llevaban trenzas largas, quexquémetl y calcetas hasta las rodillas. Me pareció excesiva la indumentaria para un clima como el de Cancún. Luego aprendería que acababan de llegar de la ciudad de México y así se vestían allá.

La víspera al primer día de clases no pude dormir de la emoción. Daba vueltas en la cama y me imaginaba cómo serían los días en el Itzamná. De pura alegría me metí a bañar. No supe qué hora era hasta que mi mamá entró al baño y me hizo saber que era todavía la media noche, que me regresara a dormir, que ya mañana empezaban las clases y que me convenía descansar. No lo hice. Seguí ilusionada hasta que el sueño me venció. Creo que desde que llegué a Cancún siempre quise quedarme. Acababa de cumplir diez añitos. Hasta hoy no sé qué hacen los xanates, si graznan o cantan, pero su sonido estereofónico logró despertarme antes de que alguien más lo hiciera.

Una de las cosas que más me gustó del Itzamná fue que no usaríamos uniforme. Todo era tan diferente a la escuela de donde venía, el Roger’s Hall en Mérida: estructurada, organizada, disciplinada. Amé a Peces, la directora, desde el momento que nos dio la bienvenida. Claro, luego también supe que había que temerle un poco. Pero su pasión por enseñarnos siempre superó la largura y espesura de sus sermones. Juan José Morales sería mi maestro de Ciencias Naturales. En ese entonces no sabía el lujo que me estaba dando la vida. Me fascinaba que podíamos hablarles de tú. De tú y no de usted, como me habían enseñado a dirigirme a los adultos. Con Juan José nos adentrábamos en la aún abundante selva y ahí nos explicaba acerca de las garzas, de los tucanes, de los hongos y raíces que nos encontrábamos en el camino. No llevábamos cuaderno ni lápiz para apuntar. Sólo los ojos bien abiertos y los corazones que se nos salían del pecho de tanta aventura desbordada.

A veces, las hamacas colgadas en los postes de la palapa de la escuela se llenaban de tanto niño y niña, que el suelo resultaba ser la segunda mejor opción. Para combatir a los mosquitos ponían a quemar las espirales que en ese entonces eran artículos de primera necesidad; estoy segura que nos embarrábamos de repelente, pues el olor a citronela logra alcanzarme mientras escribo estas líneas. Peces nos hablaba mucho del Peterson, la escuela en la ciudad de México en donde había sido directora antes de llegar a Cancún. Nos contaba de la libertad con la que los alumnos se expresaban, y quiso que nosotros gozáramos de tan preciado tesoro. Por eso, nos permitía presentar los números musicales que ensayábamos minutos antes de presentarnos durante el recreo mi hermana mayor, Patrizia, las gemelas Fosado, Luz Perla Yáñez y yo. Nuestra audiencia, los mismos alumnos de la escuela, nos aplaudían rabiosamente. Parecía todo una gran fiesta.

El Itzamná operó en esa palapa inolvidable sólo el periodo del 75 al 76. Luego se mudarían a la 25, donde cursé el sexto año de primaria. Hoy, cuando camino por la avenida Nader, puedo encontrar en la casa que aún está de pie rastros de mi paso por ahí. En más de una ocasión me he quedado parada, mirando las ventanas, tratando de rascarle a los muros hasta mi más remoto recuerdo. Hoy fue uno de esos días.