Maneja tú! crónicas de un acompañante en carretera
Ya que se acercan las vacaciones decidí dedicar unas palabras a los acompañantes de viaje, esas criaturas del Señor que, sentados a tu diestra, saldrán junto a ti a la aventura en carretera.
Por Gillespi
La gama de individuos que pueden desempeñar ese rol es enorme: novia/o, esposa/o, amiga/o, amante, compañera/o de chamba, etc., a los que divido, en primer término, en dos grandes grupos:
1) los que te facilitan la travesía y 2) los que son un auténtico lastre.
Con respecto a los que te hacen fácil el viaje sólo diré que no abundan e incluyo aquí a los que hablan lo justo y necesario, portan poco equipaje y en las gasolineras se ocupan de ordenar el habitáculo y ejecutar todo lo concerniente al reacondicionamiento del automóvil para que el conductor tome tranquilo un refresco y pueda retomar su tarea bien descansado.
El segundo grupo -que es en realidad de quienes me voy a explayar- está constituído, en la mayoría de los casos, por pilotos frustrados que logran convertir el trayecto en un via crucis, ya sea hasta lugares cercanos como Puerto Morelos o tan distantes como Xcalak, y que más allá de querer llegar a destino pareciera que disfrutan muchísimo el hacerle pasar un mal rato al desdichado ser que está a cargo del carro.
Con frecuencia son los que al subir al auto atiborran de cosas el tablero: un celular, dos revistas, un juego de llaves, el encendedor, una crema, elementos que seguramente se caerán en cada curva o tope y además -por si con lo anterior no les alcanzase- a diez calles de haber partido apoyan la palma de su mano sobre la frente y exclaman: ¡Uhhh, no me ch… volvamos que me olvidé algo! (1)
Dentro de este grupo existen subgrupos como los narcotizados, aquellos que apenas arranca el móvil ponen los ojitos cual bebés y en menos de dos minutos están completamente dormidos haciéndote pasar una hueva de concurso. Los viciosos, que fuman como chacuacos y bajan la ventanilla a cada rato logrando que el ruido del viento te deje como Beethoven.
Ni hablar de los galleteros, que abren un paquete tras otro sembrando el tapizado de migajas; los preguntones, personalidades policíacas que interrogan durante horas sobre el consumo, la presión de las llantas y la glucemia de tu abuela; los friolentos, que apagan el aire acondicionado porque les hace “mal al pechito”, los verborrágicos, que no paran de hablar tonterías; los ansiosos, que cambian a cada rato la radio; los aburridos, que leen en voz alta todos los carteles que aparecen en el camino.
En fin, una serie de fulanos donde se destacan los meones, esos que tienen una bomba en lugar de vejiga y te obligan a parar cada cuatro kilómetros a “regar las plantas”; sí, no me griten caballeros, estoy de acuerdo que este trance es solicitado casi exclusivamente por las mujeres.
Tampoco falta el que alguna vez soñó con ser hoja de ruta en un rally y no paraba ni un segundo de leer la Guía Roji: “En la próxima dobla a la derecha, toma la glorieta hacia al norte que acortamos camino, cuidado con el crucero”; realmente insoportable.
Quiero aclarar que en este minucioso análisis quedan exentos de culpa y cargo -dada su incompleta evolución madurativa- todos los niños de llanto frecuente, insoportables gritos y la fatídica pregunta cada diez minutos: “¿Pa, cuándo llegamos?”, pues no registran que estar al volante amerita máxima concentración.
Como imagino que muchos de ustedes están por salir de vacaciones quiero brindarles, a los sufridos conductores, mi compasión y prometo que en un futuro cercano les explicaré sobre los beneficios de viajar en moto. Bon voyage.
(1) Expresión equivocada porque el que realmente lo quiere ch… es el que maneja.
Edición: @Pibegomez



